Sin duda, la pereza podía ser una de las características mas relevantes en la idiosincrasia de aquel impertérrito viajero, puesto que, en no pocas ocasiones, había pensado en aportar algunas líneas a esa amigable y acogedora trastienda sin haberlo logrado nuca, unas veces porque ni tan siquiera se produjo el comienzo de ningún vocablo y alguna que otra porque tras algún o algunos párrafos su pereza venció a sus deseos de saludar a la dueña y señora de la trastienda, así como a Domingos y Anónimos Angelicales.
Pero contrariamente a lo hasta ahora sucedido, en una tarde soleada y de post-cierre comunitario, quizá con una infusión de nueva savia tras el último y demoledor año de encierro, al viajero le volaban los dedos sobre el teclado sin ningún tipo de pereza, mas bien parecían tener prisa por escribir todo lo que hasta la fecha no había hecho. Sentía la necesidad de hablar con aquellos que tanto tiempo llevaba sin hablar y que mejor medio que una íntima trastienda donde era posible hablar bajito, casi susurrando para enaltecer los tonos.
En la tranquila tarde, acompañando a los ya tardíos rayos de sol, sonaba ambientalmente Enya con su voz angelical que, por ese consabido efecto reflejo, era una alegoría musical que se revestía de recuerdo humano en la figura de un Angel, ya muy lejano en el tiempo, pero no por ello nunca olvidado ni dejado de recordar por aquel viajero tierno y melancólico en esa apacible tarde, recuerdo al que sumó a esos otros entrañables amigos que, a pesar de ser menor el tiempo transcurrido sin verles, también sentía esa misma necesidad de verlos y compartir momentos y sentimientos.
Abstraído completamente en esos recuerdos, notó como una tenue sonrisa se dibujaba en su rostro tal y como sería si compartiese espacio y tiempo con aquellos amigos recordados y no pudo evitar recordar unos versos a este respecto del admirado Silvio Rodríguez:
"Cómo gasto papeles recordándote, Cómo me haces hablar en el silencio. Cómo no te me quitas de las ganas Aunque nadie me ve nunca contigo. Y cómo pasa el tiempo, que de pronto son años Sin pasar tú por mí, detenida."
Aquel incansable viajero pensó que tras este último año robado, no era momento de excedencias, sino que mas bien era momento de vivir un gran "crescendo" como compensación a todo el tiempo de confinamiento e imposibilidad de contactos amistosos o afectivos entre no convivientes. Era momento de retomar con mas ímpetu y militancia, como algún Anónimo gustaba de decir, los momentos postergados, que no perdidos, porque ya a estas alturas no estábamos dispuestos a perder nada sino a ganarlo todo, obviamente en el terreno emocional que no crematístico como todos habrían entendido.
Nuestro hombrecito estaba sorprendido de lo que sus dedos no paraban de teclear, tantas veces lo había pensado sin haberlo llevado a termino que ahora no daba mucho crédito a lo que estaba viendo en la pantalla de su ordenador, seguramente pensó que había entrado en un estado de demencia que le hacía flotar en el aire, sentirse eufórico y con muchas ganas de vivir y compartir vivencias. Evidentemente estaba un poco loco, pero no le importó porque recordó otro verso de Silvio:
"Hay locuras que son poesía, hay locuras de un raro lugar. Hay locuras sin nombre, sin fecha, sin cura, que no vale la pena curar."
Guardó unos minutos de silencio nuestro personaje puesto que comenzó a pensar en que podía resultar de una pesadez excesiva aquel arranque intempestivo que había tenido con el teclado, porque si bien los silencios excesivos consideró que podían resultar desastrosos, los arrebatos vocingleros sabía que todavía podían ser mas contraproducentes, así que dió una orden fulminante a sus dedos para que cesaran de oprimir teclas e hiciesen un mutis por el foro, no sin agradecerles la locuacidad con que se habían comportado.
Y de tal guisa, nuestro viajero impertérrito, apagó el ordenador y siguió su ya largo e inacabado viaje.
ResponderEliminarSin duda, la pereza podía ser una de las características mas relevantes en la idiosincrasia de aquel impertérrito viajero, puesto que, en no pocas ocasiones, había pensado en aportar algunas líneas a esa amigable y acogedora trastienda sin haberlo logrado nuca, unas veces porque ni tan siquiera se produjo el comienzo de ningún vocablo y alguna que otra porque tras algún o algunos párrafos su pereza venció a sus deseos de saludar a la dueña y señora de la trastienda, así como a Domingos y Anónimos Angelicales.
Pero contrariamente a lo hasta ahora sucedido, en una tarde soleada y de post-cierre comunitario, quizá con una infusión de nueva savia tras el último y demoledor año de encierro, al viajero le volaban los dedos sobre el teclado sin ningún tipo de pereza, mas bien parecían tener prisa por escribir todo lo que hasta la fecha no había hecho. Sentía la necesidad de hablar con aquellos que tanto tiempo llevaba sin hablar y que mejor medio que una íntima trastienda donde era posible hablar bajito, casi susurrando para enaltecer los tonos.
En la tranquila tarde, acompañando a los ya tardíos rayos de sol, sonaba ambientalmente Enya con su voz angelical que, por ese consabido efecto reflejo, era una alegoría musical que se revestía de recuerdo humano en la figura de un Angel, ya muy lejano en el tiempo, pero no por ello nunca olvidado ni dejado de recordar por aquel viajero tierno y melancólico en esa apacible tarde, recuerdo al que sumó a esos otros entrañables amigos que, a pesar de ser menor el tiempo transcurrido sin verles, también sentía esa misma necesidad de verlos y compartir momentos y sentimientos.
Abstraído completamente en esos recuerdos, notó como una tenue sonrisa se dibujaba en su rostro tal y como sería si compartiese espacio y tiempo con aquellos amigos recordados y no pudo evitar recordar unos versos a este respecto del admirado Silvio Rodríguez:
"Cómo gasto papeles recordándote,
Cómo me haces hablar en el silencio.
Cómo no te me quitas de las ganas
Aunque nadie me ve nunca contigo.
Y cómo pasa el tiempo, que de pronto son años
Sin pasar tú por mí, detenida."
Aquel incansable viajero pensó que tras este último año robado, no era momento de excedencias, sino que mas bien era momento de vivir un gran "crescendo" como compensación a todo el tiempo de confinamiento e imposibilidad de contactos amistosos o afectivos entre no convivientes. Era momento de retomar con mas ímpetu y militancia, como algún Anónimo gustaba de decir, los momentos postergados, que no perdidos, porque ya a estas alturas no estábamos dispuestos a perder nada sino a ganarlo todo, obviamente en el terreno emocional que no crematístico como todos habrían entendido.
Nuestro hombrecito estaba sorprendido de lo que sus dedos no paraban de teclear, tantas veces lo había pensado sin haberlo llevado a termino que ahora no daba mucho crédito a lo que estaba viendo en la pantalla de su ordenador, seguramente pensó que había entrado en un estado de demencia que le hacía flotar en el aire, sentirse eufórico y con muchas ganas de vivir y compartir vivencias. Evidentemente estaba un poco loco, pero no le importó porque recordó otro verso de Silvio:
"Hay locuras que son poesía,
hay locuras de un raro lugar.
Hay locuras sin nombre,
sin fecha, sin cura,
que no vale la pena curar."
Guardó unos minutos de silencio nuestro personaje puesto que comenzó a pensar en que podía resultar de una pesadez excesiva aquel arranque intempestivo que había tenido con el teclado, porque si bien los silencios excesivos consideró que podían resultar desastrosos, los arrebatos vocingleros sabía que todavía podían ser mas contraproducentes, así que dió una orden fulminante a sus dedos para que cesaran de oprimir teclas e hiciesen un mutis por el foro, no sin agradecerles la locuacidad con que se habían comportado.
Y de tal guisa, nuestro viajero impertérrito, apagó el ordenador y siguió su ya largo e inacabado viaje.