Desde siempre, es decir desde mi adolescencia he ido apuntando las cosas en papeles, libretas, siempre con el mismo fallo, asignando menos horas a tareas que en realidad luego me cuestan más. Obviamente, ahora el apuntar las cosas me va mejor por cuestiones de memoria y porque creo que mis objetivos, si los escribo serán más fáciles de conseguir y también porque creo que mis constantes vitales circulan ahora más tranquilamente.
Hablando de libretas y papeles,
organizando mi armario encontré una libreta donde apunté varias historias. Así
que les cuento una del escritor Manuel Vicent. No sé si es real o no pero me
gustó por la lealtad y el orden natural de actuación del perro.
Alimento (Manuel
Vicent)
Habían traído un polluelo a casa y en el patio los niños jugaban con
él. Al principio parecía un puñado de algodón amarillo que sólo despertaba
ternura. El polluelo piaba, los niños reían y el perro, que también se había
incorporado a los juegos, ladraba. Durante unos meses fueron todos muy amigos.
Mientras los niños estaban en el colegio el perro cuidaba del polluelo, le
seguía los pasos por el patio, a veces le lamía con todo el cariño, y cuando
los niños regresaban a casa ellos también le acariciaban, y así fue engordando
el polluelo en medio de la dicha familiar. Con el tiempo, a este ser delicado
le fue creciendo una cresta roja y muy pronto sus muslos tomaron cierta
consistencia. Se sabe perfectamente cuál es el destino cósmico de los pollos.
Aunque, nadie en casa ignoraba que ese animal sería sacrificado en cualquier
onomástica, los niños le querían como un juguete, pero sin duda el amor del
perro era el más puro. Todos juntos habían compartido un sueño, unos nombres,
unas caricias, hasta que un día los niños volvieron del colegio y el pollo no
estaba. A la hora de la comida la criada sacó una bandeja de plata y en ella
había dos muslos, la pechuga partida, los alones, toda la carne de aquel amigo
de juegos rodeada, de chalotas y ciruelas. Siguiendo una costumbre de familia,
la cresta del pollo bien frita le fue ofrecida al hijo mayor para que se criara
valiente y guapo. Los demás devoraron su ración hablando cada uno de sus cosas
y nadie tuvo una palabra de recuerdo para aquel delicado ser que un día fue un
puñado de algodón amarillo: daban por supuesto que las leyes de la naturaleza
son inexorables. Con los restos del pollo la criada preparó la comida del perro
y éste en el patio se revolvía esperando el plato. Cuando la criada lo depositó
en el suelo el perro se abalanzó sobre él, pero esta vez el animal saltó
aullando hacia atrás apenas olfateó el alimento. Se negó a comer. Sentado junto
a los restos de su amigo comenzó a dar largos alaridos de duelo muy lastimeros
y así estuvo hasta la noche.
¡En fin, seguiremos con las libretas!
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