martes, 13 de octubre de 2015

Papeles

Siempre estoy escribiendo listas de lo que quiero hacer este año, de objetivos semanales a  los que quiero llegar, etc. El caso es que mientras lo escribo me lo paso bien y trato de enganchar a mister D. para que él añada las suyas y no entremos en la decadencia otoñal.

Desde siempre, es decir desde mi adolescencia he ido apuntando las cosas en papeles, libretas, siempre con el mismo fallo, asignando menos horas a tareas que en realidad luego me cuestan más. Obviamente, ahora el apuntar las cosas me va mejor por cuestiones de memoria y porque creo que mis objetivos, si los escribo serán más fáciles de conseguir y también porque creo que mis constantes vitales circulan ahora más tranquilamente.

Hablando de libretas y papeles, organizando mi armario encontré una libreta donde apunté varias historias. Así que les cuento una del escritor Manuel Vicent. No sé si es real o no pero me gustó por la lealtad y el orden natural de actuación del perro.
Alimento (Manuel Vicent)

Habían traído un polluelo a casa y en el patio los niños jugaban con él. Al principio parecía un puñado de algodón amarillo que sólo despertaba ternura. El polluelo piaba, los niños reían y el perro, que también se había incorporado a los juegos, ladraba. Durante unos meses fueron todos muy amigos. Mientras los niños estaban en el colegio el perro cuidaba del polluelo, le seguía los pasos por el patio, a veces le lamía con todo el cariño, y cuando los niños regresaban a casa ellos también le acariciaban, y así fue engordando el polluelo en medio de la dicha familiar. Con el tiempo, a este ser delicado le fue creciendo una cresta roja y muy pronto sus muslos tomaron cierta consistencia. Se sabe perfectamente cuál es el destino cósmico de los pollos. Aunque, nadie en casa ignoraba que ese animal sería sacrificado en cualquier onomástica, los niños le querían como un juguete, pero sin duda el amor del perro era el más puro. Todos juntos habían compartido un sueño, unos nombres, unas caricias, hasta que un día los niños volvieron del colegio y el pollo no estaba. A la hora de la comida la criada sacó una bandeja de plata y en ella había dos muslos, la pechuga partida, los alones, toda la carne de aquel amigo de juegos rodeada, de chalotas y ciruelas. Siguiendo una costumbre de familia, la cresta del pollo bien frita le fue ofrecida al hijo mayor para que se criara valiente y guapo. Los demás devoraron su ración hablando cada uno de sus cosas y nadie tuvo una palabra de recuerdo para aquel delicado ser que un día fue un puñado de algodón amarillo: daban por supuesto que las leyes de la naturaleza son inexorables. Con los restos del pollo la criada preparó la comida del perro y éste en el patio se revolvía esperando el plato. Cuando la criada lo depositó en el suelo el perro se abalanzó sobre él, pero esta vez el animal saltó aullando hacia atrás apenas olfateó el alimento. Se negó a comer. Sentado junto a los restos de su amigo comenzó a dar largos alaridos de duelo muy lastimeros y así estuvo hasta la noche.

¡En fin, seguiremos con las libretas!

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