domingo, 12 de julio de 2015

Recetas

Supongo que a estas alturas sabéis que los dulces son mi debilidad, comerlos, pero sobre todo elaborarlos.
El azúcar, como los abrazos, una vez probados causa adicción. Vale, el exceso de mantequilla, azúcar, etc., es verdad que nos sube el colesterol, que nos arruina la piel, que engorda, etc. Me doy cuenta que nací en una época equivocada, hubo un tiempo en que la gordura era igual a hermosura, pero bueno, supongo que consumido todo con moderación es beneficioso. Porque no me negarán ustedes que vivimos algo obsesionados con el cuerpo y la belleza (la salud mental la dejamos aparcada en un rincón). Donde yo vivo parece Central Park, todos corriendo y no porque les persigan. Los ves con sus pantalones cortos, sus zapatillas destellantes, aparatos en sus muñecas para medir el ritmo de sus corazones y con sus caritas rojas a punto de explotar. Yo que soy una envidiosa, cualquier día me apunto porque mis caderas fondonas no aguantan más, o me vuelvo a otras épocas, como los años 60.
Mis amigas que saben de mi afición a la repostería me hacen mucho hincapié en que ponga las recetas en este blog. Tranquilos, amigos de la Trastienda, que eso se lo dejo a los profesionales de los cuales me dejo algo para el final de mi post. Mi adicción por aprender repostería se la debo a mi abuela, cuando dejé de ser su ayudante y pasé a elaborar mis propios dulces descubrí que me lo pasaba muy bien, que mientras cocinaba me sentía feliz. Me resultaba tan especial la mezcla de harina, leche, frutas… y que salieran unos postres, sino exquisitos, al menos comestibles.
Mi abuela tenía algunas normas y hacía especial hincapié en dos de ellas: la primera decía que la presentación de un postre es tan importante como su sabor y la segunda que si ves que el bizcocho te sale seco no lo dudes, báñalo con licor (no saquen conclusiones de mis post por la cosa del licor). Y aquí la menda lerenda les añade dos cosas más: la primera que hay que pensar a quién va dirigido nuestro postre y la segunda es la música que pongo mientras trabajo en la cocina. Por ejemplo, para hacer un bundt no pondría a Manolo Escobar (bueno, no lo pondría nunca, no es mi tipo de música); en el último dulce que hice para regalar, muffin de chocolate, negro por supuesto, me puse los bailables de los años 50 – 60 (grabado por míster D). Porque a veces, antes de empezar viene bien un baile en la cocina, les aseguro que los postres salen geniales o, por lo menos te diviertes, y lo mejor es ver a míster D cómo me mira, con los ojos en blanco (yo le agradezco que se censure lo que piensa) aunque de vez en cuando se apunte a mis bailes y ríanse de Fred Astaire y Ginger Rogers.
Termino mi post agradeciendo la ayuda convertida en receta y pequeños trucos que siempre son de gran ayuda, tanto en tiempo como en experiencia, de Marina (hija), Beatriz (sobrina), Susi y Montse (amigas) y, por supuesto Estefanía (La chica de la casa de caramelo), Mónica (Retro Cake), Encarna (Mi adorable cocina), Amparín (Villar), Lorena (A comer), Lola García (La cocina mágica de Manu), Carolina y, por supuesto a Vázquez Montalbán que llenó muchas tardes de verano campestre con su receta de pastel de pistachos.
Por cierto, aprovecho la pereza campestre para despedirme de ustedes. Nos vemos en septiembre.
Que tengan un buen verano.

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