Supongo que a estas alturas sabéis que los
dulces son mi debilidad, comerlos, pero sobre todo elaborarlos.
El azúcar, como
los abrazos, una vez probados causa adicción. Vale, el exceso de mantequilla,
azúcar, etc., es verdad que nos sube el colesterol, que nos arruina la piel,
que engorda, etc. Me doy cuenta que nací en una época equivocada, hubo un
tiempo en que la gordura era igual a hermosura, pero bueno, supongo que
consumido todo con moderación es beneficioso. Porque no me negarán ustedes que
vivimos algo obsesionados con el cuerpo y la belleza (la salud mental la
dejamos aparcada en un rincón). Donde yo vivo parece Central Park, todos
corriendo y no porque les persigan. Los ves con sus pantalones cortos, sus
zapatillas destellantes, aparatos en sus muñecas para medir el ritmo de sus
corazones y con sus caritas rojas a punto de explotar. Yo que soy una envidiosa,
cualquier día me apunto porque mis caderas fondonas no aguantan más, o me
vuelvo a otras épocas, como los años 60.
Mis amigas que saben de mi afición a la
repostería me hacen mucho hincapié en que ponga las recetas en este blog.
Tranquilos, amigos de la Trastienda, que eso se lo dejo a los profesionales de
los cuales me dejo algo para el final de mi post. Mi adicción por aprender
repostería se la debo a mi abuela, cuando dejé de ser su ayudante y pasé a
elaborar mis propios dulces descubrí que me lo pasaba muy bien, que mientras
cocinaba me sentía feliz. Me resultaba tan especial la mezcla de harina, leche,
frutas… y que salieran unos postres, sino exquisitos, al menos comestibles.
Mi abuela tenía algunas normas y hacía especial
hincapié en dos de ellas: la primera decía que la presentación de un postre es
tan importante como su sabor y la segunda que si ves que el bizcocho te sale
seco no lo dudes, báñalo con licor (no saquen conclusiones de mis post por la
cosa del licor). Y aquí la menda lerenda les añade dos cosas más: la primera
que hay que pensar a quién va dirigido nuestro postre y la segunda es la música
que pongo mientras trabajo en la cocina. Por ejemplo, para hacer un bundt no
pondría a Manolo Escobar (bueno, no lo pondría nunca, no es mi tipo de música);
en el último dulce que hice para regalar, muffin de chocolate, negro por
supuesto, me puse los bailables de los años 50 – 60 (grabado por míster D).
Porque a veces, antes de empezar viene bien un baile en la cocina, les aseguro
que los postres salen geniales o, por lo menos te diviertes, y lo mejor es ver
a míster D cómo me mira, con los ojos en blanco (yo le agradezco que se censure
lo que piensa) aunque de vez en cuando se apunte a mis bailes y ríanse de Fred
Astaire y Ginger Rogers.
Termino mi post agradeciendo la ayuda
convertida en receta y pequeños trucos que siempre son de gran ayuda, tanto en
tiempo como en experiencia, de Marina (hija), Beatriz (sobrina), Susi y Montse
(amigas) y, por supuesto Estefanía (La chica de la casa de caramelo), Mónica
(Retro Cake), Encarna (Mi adorable cocina), Amparín (Villar), Lorena (A comer),
Lola García (La cocina mágica de Manu), Carolina y, por supuesto a Vázquez
Montalbán que llenó muchas tardes de verano campestre con su receta de pastel
de pistachos.
Por cierto, aprovecho la pereza campestre para
despedirme de ustedes. Nos vemos en septiembre.



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