Mi familia,
durante la convalecencia del tobillo, me dejaba en un parque de mi barrio, para
que me entretuviera y de paso los dejaba tranquilos un par de horas, o sea,
“mucho te quiero perrito pero de pan poquito”. Y de ahí me vino el síndrome de
Forres Gump. Me sentaba con la compañía de un libro y de mi perra Tula,
empezaba la lectura pero me duraba poco, enseguida se sentaba alguien a hablar
conmigo. Así conocí a Juan, un hombre mayor, jubilado, que los sábados a la
misma hora se sentaba también en el parque y que me contaba algo de su vida de
juventud: cómo conoció a su mujer, cuando los hijos se casaron…
Una de esas
veces vino su hija a por él pues le costaba andar, la chica llevaba unas flores
de plástico compradas en los chinos y el padre le dijo: “sabes que no puedo ver
las flores de plástico, son tristes, no tienen vida”. Y ese hecho le dio pie a
contarnos una historia:
Era invierno, estudiaba pues me preparaba
para opositar a funcionario y recuerdo que a esas horas de la madrugada en las
que ya estudiar resulta tedioso y monótono, con frío y yo intentando comprender
lo que estudiaba, a esas horas, en la calle, balanceándose por la embriaguez,
un hombre de mediana edad se sentaba en el portal de la finca de enfrente, se
dormía y a eso de las dos de la madrugada se levantaba y, supongo, se iba a su
casa, y así día tras día mientras yo seguía estudiando unas oposiciones que se
realizaban en verano.
Finalizaba el invierno, yo seguía preparando
mis oposiciones que cada vez estaban más cerca y aquel hombre volvía siempre
con la misma embriaguez, se sentaba en el portal y a las dos de la madrugada se
levantaba…
Un día dejé de verlo, aunque mi vista
siempre se dirigía hacia el portal y una noche, una mujer de mediana edad se
acercó y dejó unas flores de plástico y junto a ellas una carta, llevaba
pantalones negros de lycra y mucha determinación en el rostro y la mirada.
Desde entonces me produce tristeza ver
flores de plástico en carreteras, en algún portal y a veces hasta trasnochar.
Nunca supe nada de aquel hombre ni de esa mujer, puedo imaginar cualquier cosa,
a lo mejor compartían bares y copas, él le contaría sus sueños y ella sus
miedos, serían cómplices de quién sabe qué y seguro que formarían un buen
equipo, o no.

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