domingo, 30 de noviembre de 2014

¡Zas!

Ciertas situaciones cotidianas se convierten en “deporte de alto riesgo”. Por ejemplo, pasear por la calle, pisar un helado de alguien que no utilizó la papelera y ¡zas!, acabar con una pierna escayolada, que fue lo que le sucedió a una vecina. En este caso, alguien como Boris Izaguirre nos diría que, al menos, hay cierto glamour en el hecho pues lo pisado podía haber sido una mierda. También acompañar a una suegra al supermercado tiene sus riesgos, que fue mi caso, resbalé y ¡zas!, escayolada por un esguince grave de tobillo. Siempre me surge una duda, que quiero a mi suegra está claro, por ella tengo a mi chico, pero a ver si a lo tonto a lo tonto, no me empujaría un poquito, aunque fuera mentalmente.
Mi familia, durante la convalecencia del tobillo, me dejaba en un parque de mi barrio, para que me entretuviera y de paso los dejaba tranquilos un par de horas, o sea, “mucho te quiero perrito pero de pan poquito”. Y de ahí me vino el síndrome de Forres Gump. Me sentaba con la compañía de un libro y de mi perra Tula, empezaba la lectura pero me duraba poco, enseguida se sentaba alguien a hablar conmigo. Así conocí a Juan, un hombre mayor, jubilado, que los sábados a la misma hora se sentaba también en el parque y que me contaba algo de su vida de juventud: cómo conoció a su mujer, cuando los hijos se casaron…
Una de esas veces vino su hija a por él pues le costaba andar, la chica llevaba unas flores de plástico compradas en los chinos y el padre le dijo: “sabes que no puedo ver las flores de plástico, son tristes, no tienen vida”. Y ese hecho le dio pie a contarnos una historia:
Era invierno, estudiaba pues me preparaba para opositar a funcionario y recuerdo que a esas horas de la madrugada en las que ya estudiar resulta tedioso y monótono, con frío y yo intentando comprender lo que estudiaba, a esas horas, en la calle, balanceándose por la embriaguez, un hombre de mediana edad se sentaba en el portal de la finca de enfrente, se dormía y a eso de las dos de la madrugada se levantaba y, supongo, se iba a su casa, y así día tras día mientras yo seguía estudiando unas oposiciones que se realizaban en verano.
Finalizaba el invierno, yo seguía preparando mis oposiciones que cada vez estaban más cerca y aquel hombre volvía siempre con la misma embriaguez, se sentaba en el portal y a las dos de la madrugada se levantaba…
Un día dejé de verlo, aunque mi vista siempre se dirigía hacia el portal y una noche, una mujer de mediana edad se acercó y dejó unas flores de plástico y junto a ellas una carta, llevaba pantalones negros de lycra y mucha determinación en el rostro y la mirada.
Desde entonces me produce tristeza ver flores de plástico en carreteras, en algún portal y a veces hasta trasnochar. Nunca supe nada de aquel hombre ni de esa mujer, puedo imaginar cualquier cosa, a lo mejor compartían bares y copas, él le contaría sus sueños y ella sus miedos, serían cómplices de quién sabe qué y seguro que formarían un buen equipo, o no.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Perfectas palabras

Mi hermano siempre me dice que el trabajo, sea cual sea, hay que hacerlo bien, tanto da que seas ministro, jefe, conserje, conductor, etc. Que conste que, como hermano mayor que es, casi siempre intento hacerle caso aunque no siempre lo consiga. En esas pocas veces que no le hago caso, insiste en su teoría, erre que erre, que si todos hiciéramos bien nuestro trabajo, con mucho amor, con conocimiento de oficio, ahorraríamos esfuerzo. Bien, hasta aquí tiene lógica e incluso sentido común y, como lo dice mi hermano, yo me lo creo aunque no lo pueda cumplir en su totalidad.
 Pues bien, mientras escribo este post la cabeza me da vueltas y me siento como si hubiera ingerido un exceso de monóxido de carbono (cosa rara ya que vivo en un bonito pueblo). Debe ser que atravieso un momento de pánico tipo Felipe (no se asusten, me refiero al personaje de Mafalda). Y claro, es que ahora me ha dado por ver y oír los informativos y la información es bastante caótica.
Pienso en algunos políticos y en el trabajo que realizan y me pregunto si seguirán el consejo de mi hermano. Pues sí, son perfectos ladrones que han formado la asociación Hipócritas Sociales y la mayoría son muy educados, aunque algunos no tanto. Con sus disfraces bien adaptados para conseguir sus fines recurren a sus perfectas palabras, tan sutiles, tan vanidosos. Ya sé que en mis palabras hay ironía pero no me negarán que son muy sutiles, llenan sus bolsillos con el dinero público engañando a su país, sus perfectas palabras han sido las adecuadas para el engaño. Hablo de determinados políticos, afortunadamente no son todos, esos que se sienten salvapatrias y que están haciendo de nuestra querida España (como diría Cecilia) un país putrefacto.
En conclusión, es todo tan surrealista que no tengo conclusión y, después de leer este post, no sé si ustedes la tendrán.