jueves, 29 de mayo de 2014

Matilde

Por fin me atrevía a coger el coche por el centro de una ciudad cualquiera. No llevaba una dirección concreta, quizás fue el azar el que me llevó a esa calle. Casi con susto pude ver los detalles de un edificio abandonado que no me resultó desagradable.
Aparqué con una simple maniobra –cosa nada fácil dadas mis habilidades al volante- y, tras unos instantes de indecisión, entré allí. Pude comprobar los restos del naufragio de lo que había sido una gran biblioteca donde todavía se podía respirar una atmósfera llena de espíritus literarios. Mi imaginación vio grandes estantes abarrotados de libros, algunos encuadernados en piel, sillones antiguos tapizados en verde, una mesa pequeña con una lámpara pequeña que creaba sensación de intimidad y, allí sentada llevando la biblioteca, una mujer que con voz imperativa pide silencio.
De repente, se abre la puerta, se oye un taconeo firme en el suelo y aparece una mujer con el perfume añejo de la colonia Myrurgia, nariz aguileña, ojos marrones, estilo de vestir años 50 con falda estrecha, suéter ajustado; todos la conocen como Matilde. Lleva una maleta de cartón con muchas pegatinas de sus viajes por todo el mundo, es la maleta viajera, y en su interior aparecen los libros más interesantes.  Va por los pueblos narrando historias, coplas, poesías… Nos invita a las tertulias del anochecer formando un círculo mágico en el que una vez hemos entrado descubrimos el mundo de la lectura. Es la maleta de las mil historias: la del leñador con las tres hachas, lo que sé de los hombrecillos, la vida era eso… Yo, como tengo vena infantil, me pido la de Tarzán en la selva y como allí no hay móvil aprovecharé para aprender a tocar los timbales. ¡Seguro que me irá mejor que con el guasap!

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