Algunas las
plantaba ella misma en su balcón, incluso tenía una especial que le ayudaba a
mejorar la inflamación de sus hemorroides. Otras, según ella, como la canela
ayudaban a mejorar el mal de amores, frecuentes en mi adolescencia. Siempre me
decía que tuviera en la cocina una buena provisión de hierbas y especias que,
junto con las patatas, los huevos y el aceite de oliva, son los ingredientes
que nunca deben faltar en la despensa, y por supuesto la miel que ayuda a
endulzar los malos ratos que a veces tiene la vida. La verdad es que este consejo lo vengo
cumpliendo hasta ahora.
Bueno, ya que
hablamos de especias os cuento una historia del siglo X, en Japón, en la que
interviene el perfume de brezo.
Un cortesano
engañó a su esposa con tres mujeres diferentes en una misma noche. Una de
ellas, arrepentida, se lo confesó a la esposa quien, con su ayuda, concibió un
plan de encantamiento usando los perfumes para conquistar de nuevo a su esposo.
La dama lo citó en la habitación, le quitó la ropa y extendió en el suelo una
túnica para que él se recostase. Comenzó rociándole unas gotas de lirio sobre
las sienes, canela por el cuello, tomillo por
las axilas, romero por los genitales; era tanto el exceso de aromas que
el hombre se sintió triste y melancólico y se arrojó en brazos de su esposa.
Ésta, viéndole vencido, sin apiadarse de su tormento, le administró unas gotas
de brezo para que muriera como esposo infiel.
Jamás hubo un
cuerpo tan fragante en su funeral.

