lunes, 22 de julio de 2019

Tiempo amarillo

Ya lo sabía, o quizás lo intuía, pero sin lugar a dudas en el hospital, a través de tus conversaciones supe de tu capacidad de aceptación y de ser persona práctica. Me diferencio de ti en que no me resulta fácil aceptarme como tampoco me resulta fácil ser una persona práctica. Estando contigo en la sala de las visitas, mientras yo me tomaba un café y hablábamos (por cierto, recuerdo cada palabra de ese día), de una de las patas de la mesa se cayó un tornillo (o posiblemente mío, sin dudarlo). Pues bien, lo guardé en el bolso y de regreso a casa lo metí en el cajón donde guardo mis recuerdos más entrañables. Nostalgia de una persona nada práctica.
Lo dejamos ahí y que el duelo siga coqueteando conmigo, pero digamos que en ese coqueteo me muevo en dos direcciones.
Por una parte, la de los recuerdos del pasado más lejano, la que yo llamo del “tiempo amarillo”, por ese color casi apagado que adquiere el papel con el paso del tiempo, o de esas bombillas que cuelgan en los techos con las paredes forradas de papel y que tanto me gustan a mí, si es posible de flores mejor, y tan poco a Míster D. La mesa camilla y la radio de fondo con canciones dedicadas y las novelas de Matilde Conesa, o todavía más casposo el consultorio de Elena Francis, que yo a veces me tragaba y que a la iaia le gustaban. Así pasaba las tardes, con su radio y su ganchillo, cerca de ese mueble que chirriaba y donde guardaba los cigarros que eran para ti y que le quitaba a nuestro tío procurando que no lo notara. Me vienen muchos recuerdos pasados y presentes. Los presentes me duelen, los pasados me reconfortan no sé por qué, debe ser porque me va lo vintage. Fíjate que hasta recuerdo el día que trajeron la tele a casa (pagada a plazos) y que fue todo un acontecimiento. Después me tocaba negociar contigo las series que podía ver siguiendo las instrucciones de aquellos rombos que aparecían en una esquina. La tele cambió las costumbres a nuestra familia, ya sabes que tu padre era muy dado a las tertulias y a contar historias, pero ahora la tele iba a estar presente en nuestras comidas, menos mal que sólo había dos canales. La mayoría de veces nuestro padre apagaba la tele en la hora de la comida, decía que nos separaba, que no hablábamos. También recuerdo algunas calles de nuestra infancia y cuando paseo por ellas observo detalles y olores que se conservan de aquella etapa; y a ese pastor alemán que llamábamos Dick que iba a buscarte al colegio… y así podría continuar, pero al final más que un tiempo amarillo se va a convertir en algo peor que una película de José Luis Garci.
Decía que me muevo en dos direcciones, una mis recuerdos pasados, la otra la de mi presente que, por el momento, pasa a ser de resignación, aunque también veo la vida con más fragilidad de lo que antes la veía.  He de decirte que tengo sentimientos de gratitud y esto me hace llevarlo con mayor paz. Que sepas que ya no me enfado con frivolidades que entraban como tanques en mi cerebro. Procuro tener más calma. Disfruto con mayor intensidad de las charlas interminables de lo humano y lo divino en una mesa con familia y amigos. Eso siempre ha sido nuestra terapia, adornar los pasteles y esa ansia viva de comer chocolate casi todos los días. ¡Ay, mis caderas! Todo sea por la estabilidad emocional. Salgo a andar casi todos los días a lo Forres Gump, pero oye, mano de santo, vuelvo a casa súper relajada y Míster D. lo agradece. Intento desconectar del móvil como hizo el papá con la tele y a lo mejor este verano me apunto a baile. Procuro salir con gente que ríe y no me atosiga con sus verdades y políticas mediocres, ni con sus chistes continuos. Y me baño en el mar y lo miro porque me relaja y os siento. Lo sé, momentos de cambio y aceptación. Así pues, intentaré seguir el consejo del poema que tú escogiste para leer:
“Puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío y dar la espalda, o puedes hacer lo que a él le gustaría. Sonreír, abrir los ojos, amar y seguir”
Como broche final, paseando con Míster D. por el Cabanyal, en uno de los balcones sonaba la canción “Éramos jóvenes”, creo que era de los Mustang, y empecé a recordar los guateques, los tonteos del baile… De momento, no veas la cara de Míster D. (tu “cuñado el rojo” como tú solías llamarle), me mira con cara de pocos amigos y me dice: ya no me cuentes más historias, dejamos de callejear, nos vamos a la Paca, nos tomamos un vermut y hablamos de lo que vamos hacer hoy.
Y Angelito, ¿qué? Yo creo que vive una eterna juventud.