viernes, 31 de mayo de 2019

Cabreo

Pensar en ti me entristece, me cabrea y siento el mismo vacío que cuando faltaron los papás.
Esperando tu llamada, llamarte, quedar, pedirte consejo, que me contaras tus cosas. Nos habíamos convertido en confidentes. Me gustaba hablar contigo sin filtros, esperar tus comentarios, cabrearme y, luego, abrazarnos, porque si algo compartimos de herencia genética de nuestro padre son los abrazos, forman parte de nuestra identidad. De mi cabreo es posible que más adelante te hable, o quizás se diluya, que es lo que espero.
Por cierto, gracias por protegerme siempre, aunque ya te lo dije en el hospital,  y es que, ¡joder!, no esperaba que te fueras tan pronto. Supongo que también es una seña de identidad tuya,  siempre has sido muy impaciente y tu final también tenía que ser así. Espero haber estado a tu altura.
Foto: A.M.C.
Quería hablarte de los amigos que han estado contigo en el hospital, algunos formaban también parte de mí porque, claro, eran de nuestra pandilla, bueno, más tuyos, pero también tengo parte de historia pues tú quisiste que los compartiera contigo.
Todos los amigos que te han visitado han llenado esas estancias mías de sentimientos entrañables a la vez que agridulces, incluso han aguantado mis historias de una manera elegante pues a veces me convertía en una “mamma” de la Toscana o mejor del Cabanyal queriendo proteger lo imposible.
Algunos de tus amigos con tu permiso me los voy a quedar para mí. Todas las mañanas sobre las 9 recibías la visita de Míster V, siempre hablaba de plantas y de flores, reteniendo lo más posible el tiempo contigo.
Y como no, el contador de historias de peces de agua dulce y agua salada, un gran conciliador, su mujer aparentemente tranquila, con las palabras justas pero que llegaban a mí como pinceladas suaves, ver a los dos era para mí como estar en la arena de la playa y sentir el viento húmedo con olor a salitre. No te dejarán nunca. Con tu permiso me los pido para mí y para tu sobrino.
Foto: A.M.C.
Cuánto espacio tengo contigo, tienen, tenemos. Y de estos días, a pesar de todo, también quedan unos cuantos recuerdos bonitos. Mi sobrina, la pequeña, diciéndome “tú, tía, conmigo no filtres” y me contaba vivencias que me hacían reír, reíamos. Y con la mayor, nos pasábamos el día orientándonos, perdiéndonos en la alegría, en la tristeza, en no comprender. Cuántos cabreos compartidos, pero qué grande ha sido estar con ellas. Pero sabes, tete, sigo cabreada, sin comprender y por eso escribo, solo para relajarme y también por vanidad, porque todo fue tan fugaz que tengo la sensación de que pasó en un instante, tan rápido como lo eras tú también, sin apenas reflexionar. Pero tranquilo, lo hiciste bien, nos ayudaste mucho en tu despedida.
Tengo en mi memoria un cuadro con pinceladas borrosas, tú en la cama, a ambos lados tus hijas con las melenas sueltas que le daban a la escena un homenaje triste a la vez que acogedor, yo a tus pies, posiblemente esperando un guiño, nuestros amigo Míster Ot y esposa sabrían describirlo, pues los dos entienden de arte y de lenguajes no verbales.
Y mañana será otro día tranquilo, no será como esa noche de un martes al miércoles de un mes de mayo. Tú permanecerás más allá de las horas, abrazado a la vida. Y como te contó tu sobrino, una vez que lograste sacar fuera del agua el pez, lo contemplaste, le diste un beso y lo devolviste al mar. Quizás sea eso y nada más lo que ahora nos toque hacer a nosotros.
Gracias por protegerme siempre. Siempre estarás conmigo junto a los papás, el tío y los iaios.
Gracias a todos. Por cierto, me gustó verte Sr. Anónimo,  tú tienes tus fans también aquí y ojalá hubiera estado también Angelito.