miércoles, 12 de abril de 2017
Cara de col
Escribo porque
me da la vida, escribo porque necesito vivir otras vidas, escribo porque las
palabras me ayudan a quitarme miedos, ansias, y escribo por vanidad, porque en
algún momento alguien me leerá y con ello espero que se lleve una sonrisa (¿ven
ustedes mi vanidad?). En una palabra, escribo encontrando el equilibrio que a
veces perdemos.
Andaba yo
cabreada por mil razones, dando prioridad a lo que no tenía que ser, o sea a personajes
tóxicos, y los veía como en una película, muertos vivientes invadiendo mi mundo.
Y después de taladrar a Míster D. y a mis amigos, finalmente calmé mi cabreo,
lo que mi gente agradeció porque ya Míster
D. me ponía cara de col. ¡Eh!, no se extrañen, que a mí también vienen a
taladrarme algunas veces y llega un momento que también se me pone esa cara. Pero
volviendo a mi cabreo, yo me sentí como una loca carioca y pensé: hablemos de
la gente buena, la que no hace ruido y nunca está en el candelero, gente
anónima pero gente especial.
Así pues hoy
quiero contarles una situación de esa gente anónima que un día cualquiera te alegra
y hacen de un día cotidiano algo especial.
Andaba aquí la
menda por la capital, con la idea de ir a una determinada tienda, cuando llegué
había gente delante de mí y por lo tanto pedí turno. En eso, una señora con
mucha prisa y malas formas llega la última e intenta colarse con el pretexto de
que solo quería una cosa. De repente la atmósfera se volvió incómoda. La
dependienta, con muy buenas formas, le dijo que esperase su turno y, sin
esperarlo nadie, entró al almacén y sacó una botella de mistela y pequeños vasos,
nos invitó a una mistela acompañada de unas galletas de chocolate. Y apaciguó
el ambiente.
Les cuento esto,
porque la dependienta demostró una inteligencia emocional que le permitió tranquilizar
el ambiente.
No sé si a
ustedes les pasa, supongo que sí, como a mí, que a veces nos dejamos llevar por
gente que no merece ni un minuto de nuestro tiempo y dejamos de atender a la
gente que queremos y que nos quiere, aunque está claro que ellos lo saben. Pero,
aunque lo sepan, hay que demostrarlo porque puede que mañana sea tarde, hoy es
hoy.
Abracen,
escriban notas de lo importantes que son en sus vidas, bailen y tengan buenas
formas, pongan colores en sus vidas, digan aquello que no se atrevieron por timidez
y mantengan tertulias con la gente buena acompañadas de una copa de vino blanco
o de lo que a cada uno le guste. Dejemos a los tóxicos arrogantes con su propia
vida y no los dejemos entrar en la nuestra.
Amigos, vivir
con armonía es un lujo difícil de encontrar.
PD. Mi deseo
para ustedes, amigos de la trastienda, es que la vida siempre les lleve a un
lugar mejor que el anterior. ¡¡Un saludo de la menda lerenda!!
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