sábado, 27 de septiembre de 2014
¡Hola!
Se me acerca
una vecina muy amable, del grupo de veraneantes como yo, para recordarme que ya
me queda poco para volver y me confiesa que a ella aún le queda un mes más.
¡Pues qué bien!, le digo yo, y aprovecho esta amabilidad para llamar a mi hijo
y anunciarle que volvemos a casa.
De repente te
encuentras con la rutina que, he de decir, a veces se agradece. Vuelvo a este, mi blog, con la
dificultad de siempre para expresar lo que quiero contar y que acaba en lo que
realmente cuento. Y con el encuentro sientes las pequeñas chispas de felicidad
que dan los abrazos y un ¡hola!
Y vuelves, y
dejas atrás gente buena, alegre y divertida, situaciones cotidianas en las que
la realidad y la ficción se entremezclan resultando muy difícil marcar la línea
de separación entre una y otra. Hoy mi pensamiento vuelve a la playa, mi playa,
que tiene mucho de entrañable, las gentes con sus gorras y sombreros de paja
del mercadillo, los abanicos regalados por el aniversario, los capazos
personalizados o las mochilas hechas a mano, carros infantiles que cargan de
todo…
Mi playa es
tranquila, familiar, no de esas que hay que pedir permiso para poder poner la
sombrilla, con mamás y papás corriendo con el bote de crema para proteger a sus
hijos del sol, el vecino fotógrafo que ve la belleza y la crítica en cada
rincón de su playa y tiene el privilegio de compartirlo en su blog y aquel otro
vecino que trasplanta y cuida plantas que después regala a los vecinos para que
tengan un buen recuerdo. Una playa con buena gente donde los vecinos se
conocen, colaboran en la búsqueda de un perro perdido, donde hay zumba para
divertirnos y para que esos aperitivos no engorden en exceso nuestras caderas.
Aunque
también, una playa donde a veces las lecturas se ven interrumpidas por niños
juguetones, por perros impulsivos y pelotas temerarias. Casi siempre hay
tranquilidad y silencio, roto en pocas ocasiones por alguna música lejana
procedente del puerto o del club social.
Ya en casa
echaré de menos a mis primos, las tertulias para elegir entre titulación y
experiencia, entre falsedad y mentira, los paseos nocturnos, los diurnos en el
mercadillo, las recetas con los secretos compartidos, los guiños, los desayunos
largos y la mirada lejana a la isla.
Pero ustedes
saben que, año tras año, como cualquier verano en cualquier sitio, existe la
posibilidad de ser felices. ¡Sean felices!
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