¡Hola, ya de
vuelta!, espero que hayáis pasado un buen verano.
Mi verano ha
transcurrido en Los Urrutias (Murcia) con la familia de mi chico que, en su
mayoría, son de allí. Por cierto, esto de mi chico tiene guasa pues ya ha
llegado a los 58 años, como yo, y en los próximos meses ya no podrá decir que
es más joven.
Volvamos al
verano. Este año el protagonista de mis postres ha sido el chocolate, nos gusta
a todos y, como sabéis, para postre siempre que puedo elaboro dulces porque
considero que son el final de un buen comienzo. Tengo claro que hombres y
mujeres cuando hablamos de sexo y comida nos ponemos de acuerdo con mayor
facilidad; o sea, que la gula y la lujuria van cogidas de la mano como pecados
capitales con estrella. El amor y la buena mesa deben adornarse de cierta
parafernalia: el mantel de lino blanco, el perfume de canela con el chocolate
negro…
Cuando llegan
los postres, el café, los licores, parece que nos relajamos dando lugar a las
tertulias veraniegas, sin prisas. En una de ellas una amiga nos contó una
historia que ella define como muy sensual. Tenía una cita con un amigo al que
apenas conocía. Lo invitó a cenar y meticulosamente preparó las condiciones
para una buena cena: buen vino, velas, música de fondo e ingredientes para preparar
la cena cuando él llegara. Cuando lo vio en su casa a los escasos minutos ya se
había arrepentido de la cita, el hombre en cuestión era algo tímido y torpe y
ella, en su interior, pensó en preparar una cena rápida para acabar pronto la
cita. Pero él, de repente, se introdujo en la cocina, se puso el delantal y
empezó a manejar las ollas, las verduras y las salsas con tanta elegancia y
sensualidad que aquella cita que mi amiga quería terminar rápidamente terminó
como la canción de Sabina: “…y nos dieron las diez y las once, las doce y la
una y las dos y las tres y…”
